Ademuz es un rincón lleno de rincones.
En su nombre hay una redundancia, porque rincón es uno de los posibles significados de la palabra Ademuz.
El pueblo crece a lo bajo y a lo ancho, al revés que las personas. Crece de arriba abajo porque cada día un vecino más decide abandonar las alturas, y el esfuerzo que supone trepar por sus cuestas a diario, y allanarse camino hasta la carretera, donde todo parece más fácil. Raso y al alcance de un paseo.
El pueblo creció en lo alto cuando hizo falta defenderse de todo, y fue bajando conforme ganaba confianza para no temer a nadie. Debe ser que hoy en día no tiene ya nada que temer, quizás porque más sabe el diablo por sus más de mil años que por diablo, o porque ya muy pocas cosas que le queden por pasar podrán sorprenderle tanto como las batallas, las conquistas, los festejos y hasta los terremotos del pasado.
Sin embargo guarda un tesoro muy pequeño y muy antiguo, lleno de misterio en las raíces, en las puertas y en las piedras desde la que creció. La ermita de la virgen de la huerta siempre, y siempre quiere decir desde el principio, siempre estuvo allí, esperando ,como si tuviera información privilegiada, a que llegara el día en que todos se acercaran de nuevo a ella poco a poco, como hicieron en otros tiempos muy pasados.
Los coches son más estrechos que sus calles y las personas más ruidosas que los coches. La primavera llega en agosto que es cuando se multiplican aquí todas las especies vivas.
Si el desafío de la cuesta arriba no te detiene, sube y descubre algunas de las cosas que el tiempo le cedió al abandono hasta que algún príncipe, técnico o cultural, llegó con besos de proyectos y presupuestos aprobados, para sacarlas de profundos sueños de telarañas, desconchones y maderas carcomidas. Por la arteria calle real se llega hasta el Rabal, la plaza grande donde se encuentra la iglesia y que perdió un AR en el camino de la historia y los cambios de culturas. Porque lo que ahora llaman Rabal fue en su día el arrabal que se encontraba a las afueras del castillo, al que se accedía a través del vano que cierra la plaza y que en su día fue la puerta de San Vicente. Cruza el vano, sigue recto y en seguida encontrarás más rincones; Al llegar a la plaza del ayuntamiento, que en su día fue otra iglesia, mira a la izquierda para ver la casa del cura y, un poco más abajo, el florido rincón de Alfredo. Una puerta tan de madera y tan arqueada, con un balcón tan lleno de flores rojas y rosas, que podrían rodarse mil escenas de amores de balcón en un barrio de Sevilla. No te pares ahora, vuelve a subir y mira, si quieres solo desde fuera, la entrada de la antigua cárcel y de la antigua escuela. Otra cuesta empinada volverá a retarte, la de San Joaquín, pero no puedes ignorar su desafío, porque cuando termines de escalarla una antigua ermita de la orden del hospital, la Ermita de San Joaquín ,aparecerá ante tus ojos tan pequeña y humilde como todos estos años de miseria y olvido en los que en su puerta mostraba orgullosa las cruces de su orden, pero a á que ahora, el lifting restaurador que la ha convertido en una quinceañera, la ha vestido con una puerta nueva de madera, o similar, que disimula bastante los avatares del tiempo y la solera. Sube más porque el castillo está cerca, a unas pocas cuestas. De hecho lo encontrarás por el camino, si te fijas bien en las fachadas de muchas casas que, como eran piedras sin nombre y nadie las reclamaba, las aprovecharon en las construcciones de sus viviendas, dando así un abolengo no pretendido al hogar.
Del castillo hay que saber ver la muralla, si te resulta difícil mira los paneles y respóndete tú mismo todas las dudas. Y cuando ya lo tengas todo claro, acércate a Santa Bárbara, la otra ermita, la más alta, de la que ya sólo quedan unas pocas piedras en pie y los restos de una espadaña que llevan ya muchos, muchos años siendo la imagen y la custodia del pueblo, que las identifica sólo mirando a lo alto, y recuerda los tiempos en que a la protectora de las tormentas se pedía, lanzando un cohete desde lo alto, que la tormenta pasara sin hacer mal al campo y que la nube de granizo se rompiera en el cielo sin caer a la tierra. De todo esto avisaba la cruz que chilla, de las tormentas, de los granizos…Una cruz de hierro, junto a Santa Bárbara que advertía a todos al dar la alarma, y asistía a la propia santa en su función de guardiana.
El rincón se mece en contrastes de lo nuevo a lo viejo, del monte al llano. Las viviendas viejas se mezclan con las recién restauradas, y un círculo de secas casas de barro, que ya solo son pajares, cierra el alto de la ladera, y enseguida por debajo se descuelga el mosaico de tonos y formas de las casas donde todavía viven. Visible desde la carretera, o desde la orilla del rio, esta es la vista del pueblo que nos confirma que hemos llegado y que no nos queda nada para visitarlo, solamente doblar la curva del Rosel.
